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1 de mayo de 2018 | Paulino Baena Díaz

Cautivos del mal

La maldad existe. Y existe en grado superlativo. Es más, a veces, alcanza unas cotas difíciles de imaginar.

 

Hay una historieta que cuenta un episodio de la vida del alacrán. Se encontraba éste a la orilla de un río con la necesidad de cruzarlo y sin saber cómo hacerlo cuando llegó junto a él un gran reptil. “¿Señor cocodrilo -dijo el alacrán- me ayudaría usted a atravesar el río dejándome subir en su lomo”? El saurio le miró fijamente y le respondió: “Si, claro, y cuando vayamos por la mitad, me clavas el aguijón y muero”. “Pero no se da cuenta –argumentó el escorpión- que si hago eso yo también moriré ahogado”.  “Es cierto -dijo el incauto cocodrilo- sube a mi lomo que partimos”.

 

Y así iban los dos animales, uno sobre otro, surcando la corriente del río, camino de la orilla contraria, cuando el alacrán no se pudo resistir y clavó su aguijón en la espalda del cocodrilo que moribundo, mientras se ahogaba, alcanzó a decir: ¡Asesino! A lo que el arácnido respondió con cara de circunstancias, “perdona, chico, pero es que tengo un carácter…”. He ahí a lo que el alacrán apelaba, al carácter, a su tendencia irrenunciable e irreprimible a la maldad.

 

Las cosas están en un punto que se están produciendo hechos en la vida real  que no suceden ni en las películas. Aquello de que la realidad supera a la ficción está tan en vigor que ni los escritores se molestan en inventar. ¿Para qué? Los periódicos publican noticias tan escalofriantes, descarnadas, desgarradoras… que basta novelarlas o hacer con ellas un guion de cine. Y, aun así, no resultan fáciles de creer.

 

A mediados del pasado mes de enero, supimos de los Turpin, David y Louise Anne, un matrimonio de canallas que residían en Perris, una localidad de California, con algo menos de 50.000 habitantes, a una hora en coche de Los Angeles. Hay quienes se casan por amor. Ellos lo hicieron por maldad.

 

Los Turpin, afortunadamente para su prole, están en este momento en prisión, acusados de encarcelar a sus trece hijos en su propio hogar. La policía, al entrar en la casa de los acusados, encontró algunos de los hijos de la pareja en habitaciones oscuras y hediondas, encadenados a sus camas. Al parecer, la pareja solía golpearles y los alimentaban una vez al día. La higiene era otra suerte de tortura: les permitían ducharse una sola vez al año. Las víctimas tenían entre 2 y 29 años. Siete de los trece niños eran mayores de 18 años en el momento del arresto de sus padres pero  estaban tan desnutridos que parecían  mucho más jóvenes de lo que realmente eran. La mayor de las víctimas, una mujer de 29 años, pesaba solamente 37 kg.

 

La pareja fue arrestada el 14 de enero, después de que uno de sus vástagos huyera a través de una ventana y consiguiera denunciar la situación. Posteriormente, los desnaturalizados padres comparecieron ante un tribunal que les imputó un total de 42 cargos entre los que se incluyen delitos por tortura, detención ilegal, maltrato infantil, abusos a menores y a adultos independientes, y acto lascivo sobre un menor. Pero los Turpin ni parpadearon y, sin aparentes signos de culpabilidad, se declararon inocentes.

 

No es “Cautivos del mal”, la película que da título a esta Luna de papel, una historia donde encontremos crímenes o secuestros. Es el propio título lo que me inspira, que viene a poner ante nuestros ojos, toda la capacidad de algunas personas –muchas por desgracia- de hacer el mal, el mal como religión, como objetivo vital. “Cautivos del mal” es una película estadounidense de 1952 que cuenta la historia de un tiránico y manipulador productor de cine. Con guion de George Bradshaw y Charles Schnee, fue dirigida por Vincente Minnelli y contó como protagonistas con Lana Turner y Kirk Douglas. La historia que narra viene a ser, en algunos aspectos, una premonición del caso Harvey Weinstein (Nueva York, 1952), el productor cofundador de The Weinstein Company sobre el que, en octubre del año pasado, The New York Times y The New Yorker publicaron decenas de acusaciones en su contra por acoso, abuso sexual e incluso violaciones. Weinstein fue expulsado de su compañía y de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas.

 

La maldad no conoce límites, no está circunscrita a un período de la historia de la humanidad ni es inherente a determinados pueblos, razas o clases sociales. Se trata de un fenómeno transversal que desde Caín a hoy no ha dejado de manifestarse. Desde los cristianos devorados por fieras en el circo romano, hasta los campos de exterminio nazis, pasando por miles de atentados terroristas la narración de sus expresiones desbordaría la legendaria biblioteca de Alejandría y necesitaríamos un mar de tinta de las dimensiones del Mediterráneo para dar cuenta de ellas.

 

En un goteo incesante, vamos mojando la pluma en el Mare Nostrum para seguir escribiendo capítulos terroríficos que nos sobrecogen. Tenemos reciente el estado de estremecimiento y consternación en que nos dejó la suerte de Gabriel Cruz, el niño almeriense de ocho años (Dios tenga en su gloria al “pescadito”) a cuyo trágico final siguió un ejercicio de cinismo difícil de asimilar. O la historia, aún más próxima en el tiempo, del parricida de Getafe. Sucedió el pasado 20 de marzo. Un hombre de 46 años, en trámite de separación matrimonial, prendió fuego a su casa y luego le echó la llave. Previamente, había ahogado en la bañera a sus dos hijos, Alejandro, de 13 años y con parálisis cerebral, y Marina, de ocho años. Los colocó en la cama e incendió la habitación. Horas más tarde, el padre de los dos niños se quitó la vida al arrojarse a las vías delante de un tren en la estación de Getafe Industrial, a dos kilómetros de su casa.

Más cerca nos queda este otro espanto. Fue el 8 de octubre de 2011, un día luctuoso para Córdoba, escenario de los hechos. Los hermanos Ruth y José, unas criaturas de  6 y 2 años de edad, respectivamente, fueron brutalmente asesinados. Un crimen espantoso que conmocionó a toda España y cuyo fin era la venganza: hacer daño a la madre de los niños que había solicitado el divorcio del canalla autor de los hechos, que no era otro que el padre de los niños asesinados. O el triste final de Asunta, la niña gallega de origen chino, que encontró la muerte  en 2013, a manos de sus siniestros padres adoptivos que le suministraron un fármaco tóxico con el que pusieron fin a su corta existencia. Tenía 12 años.

No sigo. Es más que sufriente. “Cautivos del mal” parece, en parte, la historia de la humanidad. Pero miremos a la luz después de tanta historia tenebrosa. La bondad también existe y la vida está llena de ejemplos. Sólo hay que mirar alrededor. Realmente, el titulo original de “Cautivos del mal” es The Bad and the Beautiful, “Lo malo y lo hermoso”, como dos caras de la misma moneda.

 

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